Cuentos populares

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Vaska, medio dormido y furioso, tenía en una mano las riendas de su caballo y dejaba que las yeguas fueran saliendo.

Éstas desfilaron una tras otra resoplando sobre la paja, primero las jóvenes, después las paridas con sus potrancas, y en último término las llenas; éstas pasaban despacio por la puerta, balanceando su abultado vientre.

Las yeguas se reunían por parejas y a veces en mayor número; colocaban sus morros sobre las ancas de sus compañeras y, al llegar a la puerta, se atascaban; pero los golpes de látigo las hacían separarse bajando la cabeza.

Los potrillos se extraviaban, perdían de vista a sus madres, se ponían delante de otras yeguas, y respondían con relinchos a los que sus madres les daban llamándoles.

Una yegua joven y traviesa agachaba la cabeza, disparaba una coz y soltaba un sonoro relincho en cuanto se veía libre. No se atrevía, sin embargo, a ponerse delante de la vieja yegua Juldiba, que rompía siempre la marcha o iba al frente de la yeguada con paso grave y pavoneándose.

El corral, tan animado momentos antes, quedaba triste y solitario: no se veían en él más que los pilares y los montones de paja.


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