Cuentos populares
Cuentos populares La idea que tenÃa de mi moralidad dimanaba de que no se conocÃan en mi familia esas disposiciones especiales, tan comunes en la esfera de nuestros nobles terratenientes, pues todos mis deudos permanecÃan fieles al juramento de fidelidad que habÃan hecho ante el altar. De esa suerte me habÃa forjado desde la infancia el sueño de una vida conyugal elevada y poética. Mi esposa serÃa un dechado de todas las virtudes; nuestro mutuo cariño, inquebrantable; la pureza de nuestra vida conyugal, inmaculada. Asà pensaba yo, muy engreÃdo con la nobleza de mis proyectos.
Pasé diez años de mi vida de adulto sin darme prisa por contraer matrimonio, y haciendo lo que yo llamaba la vida tranquila y juiciosa del soltero. No era un seductor, no tenÃa apetitos contra natura, ni convertÃa la disipación en objeto principal de mi vida, sino que participaba del placer sin ofender las conveniencias sociales, y me creÃa ingenuamente un ser moral en extremo. Las mujeres con quienes tenia relaciones no pertenecÃan a nadie más que a mÃ, y yo no les pedÃa otra cosa que el placer del momento.