Cuentos populares

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IX

Nuestras tropas ocuparon la aldea, pero no quedaba allí un solo enemigo cuando el general, acompañado de su séquito, al que me había unido yo también, entró en ella.

Las casas, muy limpias, con sus tejados de tierra y sus chimeneas de color rojo, estaban diseminadas sobre unos cerros pedregosos, entre los cuales discurría un riachuelo. A un lado se veían los jardines verdes, iluminados por la luz radiante del sol, con sus enormes perales y ciruelos. Al otro, aparecían unos fantasmas extraños; altos peñascos colocados perpendicularmente y largas estacas de madera, en cuyos extremos se veían esferas y banderas multicolores. (Eran las tumbas de los djiguits).

Las tropas se alinearon junto a las puertas.







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