El Diablo

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Al día siguiente, Eugene condujo para ocuparse de la agricultura que había estado descuidando. En la granja de afuera, una nueva máquina trilladora estaba en funcionamiento. Mientras la observaba, Eugene se movió entre las mujeres, tratando de no prestarles atención; pero por mucho que lo intentara, una o dos veces notó los ojos negros y el pañuelo rojo de Stepanida, que llevaba la paja. Una o dos veces la miró de reojo y sintió que algo estaba sucediendo, pero no podía explicárselo a sí mismo. Solo al día siguiente, cuando volvió a conducir al lugar de trilla y pasó dos horas allí innecesariamente, sin dejar de acariciar con sus ojos la figura familiar y atractiva de la joven mujer, sintió que estaba perdido, irremediablemente perdido. De nuevo esos tormentos. De nuevo todo ese horror y miedo, y no había salvación. Lo que esperaba le sucedió. La noche del día siguiente, sin saber cómo, se encontró en su patio trasero, junto a su cobertizo de heno, donde una vez en otoño habían tenido un encuentro. Como si estuviera paseando, se detuvo allí encendiendo un cigarrillo. Una mujer campesina vecina lo vio, y cuando él se dio la vuelta, escuchó cómo le decía a alguien: "Ve, él te está esperando, te lo juro por mi muerte, está parado allí. Ve, tonta".


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