El Diablo
El Diablo "¡Excelente! ¡Debemos brindar por eso!"
Al dÃa siguiente, Eugene condujo para ocuparse de la agricultura que habÃa estado descuidando. En la granja de afuera, una nueva máquina trilladora estaba en funcionamiento. Mientras la observaba, Eugene se movió entre las mujeres, tratando de no prestarles atención; pero por mucho que lo intentara, una o dos veces notó los ojos negros y el pañuelo rojo de Stepanida, que llevaba la paja. Una o dos veces la miró de reojo y sintió que algo estaba sucediendo, pero no podÃa explicárselo a sà mismo. Solo al dÃa siguiente, cuando volvió a conducir al lugar de trilla y pasó dos horas allà innecesariamente, sin dejar de acariciar con sus ojos la figura familiar y atractiva de la joven mujer, sintió que estaba perdido, irremediablemente perdido. De nuevo esos tormentos. De nuevo todo ese horror y miedo, y no habÃa salvación. Lo que esperaba le sucedió. La noche del dÃa siguiente, sin saber cómo, se encontró en su patio trasero, junto a su cobertizo de heno, donde una vez en otoño habÃan tenido un encuentro. Como si estuviera paseando, se detuvo allà encendiendo un cigarrillo. Una mujer campesina vecina lo vio, y cuando él se dio la vuelta, escuchó cómo le decÃa a alguien: "Ve, él te está esperando, te lo juro por mi muerte, está parado allÃ. Ve, tonta".