El reino de Dios esta en vosotros

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Lo mismo sucede con los jueces y fiscales; los jueces, que tienen la obligación de juzgar y condenar a los delincuentes, llevan las audiencias de tal modo que éstos puedan quedar absueltos, por lo que el Gobierno ruso cuando quiere condenar a algún individuo, ya nunca lo entrega a un tribunal regular, sino a uno llamado militar, que no es más que una simulación de tribunal. Los fiscales a menudo rechazan las acusaciones imputadas y, en vez de culpar a los acusados, eluden la ley y los defienden. Los doctos juristas, cuyo deber es justificar la violencia de las autoridades, cada vez con mayor frecuencia rechazan el derecho al castigo, introducen en su lugar teorías, como la de la irresponsabilidad e incluso la de la incorregibilidad, y abogan, en cambio, por la curación de los supuestos delincuentes. Los carceleros y los directores de presidio a menudo se hacen defensores de aquéllos a los que deberían atormentar. Los gendarmes y policías secretos continuamente salvan a quienes deberían destruir. El clero predica la indulgencia, en ocasiones incluso el rechazo a la violencia, y sus miembros más instruidos tratan en sus sermones de eludir la mentira que constituye el sentido entero de su posición y que están llamados a predicar. Los verdugos se niegan a cumplir con sus obligaciones, de modo que en Rusia las condenas a muerte a menudo no pueden ser llevadas a cabo por falta de éstos: cada vez hay menos voluntarios para convertirse en verdugos, a pesar de todos los beneficios que —que son escogidos de entre los presidiarios— les ofrecen. Con frecuencia, los gobernadores, los jefes de policía de distrito, los comisarios de policía y los recaudadores de impuestos se apiadan del pueblo e intentan encontrar algún pretexto para eximirles del pago de tributos. Los ricos no se atreven a disfrutar solos de sus riquezas, y destinan una parte de éstas a asuntos sociales. Los terratenientes construyen en sus tierras hospitales, escuelas, y algunos de ellos incluso renuncian a ellas y las entregan a los labradores, u organizan comunas agrarias. Los propietarios de fábricas y los industriales construyen hospitales y escuelas, instituyen mutualidades, proporcionan pensiones y viviendas a los obreros; algunos de ellos organizan cooperativas en las que se convierten en un miembro más, igual al resto. Los capitalistas donan parte de su capital a instituciones sociales, educativas, artísticas y filantrópicas. Muchos de ellos, incapaces de separarse de sus riquezas en vida, las acaban legando en favor de instituciones sociales cuando mueren.


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