El reino de Dios esta en vosotros

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Todos los hombres del mundo cristiano saben sin ninguna duda, bien por tradición, bien por revelación, o bien por la voz incuestionable de su conciencia, que el asesinato es uno de los crímenes más terribles que pueda cometer un ser humano, tal y como dice el Evangelio, y que este pecado no se limita a determinadas personas, es decir, que matar sea pecado para unos pero no para otros. Todos saben que matar es pecado y siempre lo será independientemente de sobre quién se cometa, como ocurre con el pecado del adulterio, el robo o con cualquier otro; sin embargo, todos saben desde su infancia y ven desde su juventud que el asesinato no sólo es admitido, sino también bendecido por aquéllos a los que se han acostumbrado a considerar sus guías espirituales dispuestos por Dios, ven que sus dirigentes seglares instituyen con suma tranquilidad el asesinato, llevan encima armas asesinas de las cuales se enorgullecen, y exigen a todo el mundo que, en nombre de la ley civil e incluso de la ley divina, sean cómplices del asesinato. Los hombres perciben que esto encierra una contradicción, pero incapaces de desentramarla, asumen que ésta es sólo fruto de su propia ignorancia. Y la rudeza y claridad de esta contradicción los mantiene en esta convicción. No se pueden imaginar que las personas más ilustradas e instruidas de la sociedad puedan propugnar con tanta firmeza dos principios que parecen tan contradictorios: por un lado, la sujeción de los hombres a la ley cristiana, y, por el otro, el asesinato. Un niño puro e inocente, más tarde un joven, no se puede llegar a imaginar que aquellos sobre quienes se ha formado una opinión tan elevada, a los que considera o santos u hombres de ciencia, puedan engañarlo tan desvergonzadamente, no importa con qué fin. Y esto es precisamente lo que ha ocurrido y ocurre sin cesar. Ocurre, en primer lugar, que se inculca mediante el ejemplo y el sermón desde la infancia hasta la vejez entre las clases trabajadoras, que no disponen de tiempo para dilucidar cuestiones morales ni religiosas, que la tortura y el asesinato son compatibles con el cristianismo, y que para determinados fines estatales no sólo son admisibles, sino que deben ser empleados; en segundo lugar, a unos cuantos de ellos, reclutados por el servicio militar obligatorio o por contrato, se les inculca que la tortura y el asesinato que deben perpetrar con sus propias manos es un deber sagrado, es incluso un acto heroico digno de elogio y recompensa.


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