El reino de Dios esta en vosotros
El reino de Dios esta en vosotros En la sala, en un lugar destacado, hay colgado un retrato del zar en uniforme engalanado en un gran marco dorado, y en un rincón pende un pequeño retrato de Cristo en camisa, con una corona de espinas. En medio de la habitación se alza una mesa cubierta con un paño verde, sobre la que descansan varios papeles extendidos y un pequeño objeto triangular con un águila llamado zertsalo[50]. Alrededor de la mesa están sentados los funcionarios, con aspecto tranquilo. Uno fuma y otro hojea unos papeles. En cuanto entra Sídorov un guardia se le aproxima, lo sitúa bajo un medidor, le sube la barbilla y le endereza las piernas. Se acerca un hombre con un cigarrillo emboquillado —es el doctor— que no mira al recluta a la cara sino al vacío, le toca el cuerpo con repugnancia, lo mide, lo palpa, manda al guardia que le abra la boca, y le ordena que respire y que diga algo. Alguien toma anotaciones. Finalmente, sin haberle mirado ni una sola vez a los ojos, el doctor exclama: «¡Apto! ¡El siguiente!» y se sienta de nuevo en la mesa con aspecto cansino. Los soldados vuelven a empujar al joven y a apremiarle. Éste se pone la camisa como puede, apresuradamente, pero no encuentra el agujero de las mangas, se pone los pantalones, los peales, se calza las botas, busca la bufanda, el gorro, sostiene la zamarra bajo un brazo y le hacen salir a una habitación donde lo mantienen separado del resto con un banco, tras el que esperan quienes han sido declarados aptos para el servicio. Un soldado, un muchacho de pueblo igual que él pero de una provincia lejana le vigila con un fusil con una afilada bayoneta, dispuesto a atravesarle con ella si se le ocurriera escapar.