El reino de Dios esta en vosotros

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Normalmente envían al rebelde a que visite a un sacerdote, el cual, siempre —y para su vergüenza—, trata de hacerle cambiar de parecer. Pero ya que casi siempre resulta inútil intentar convencer a alguien de que en nombre de Cristo reniegue del propio Cristo, tras el intento infructuoso del sacerdote, envían al rebelde a los gendarmes. Habitualmente, éstos, al no encontrar motivaciones políticas en sus actos, devuelven al rebelde, que es mandado a algún médico y, finalmente, a un manicomio. En todas estas idas y venidas, el rebelde, privado de su libertad, soporta toda clase de humillaciones y padecimientos, como si fuera un criminal convicto. Cuando los médicos lo dejan ir, empiezan a tomarse toda una serie de medidas secretas y subterfugios para no dejarlo en libertad (con el fin de no alentar a los que, como él, se niegan a servir en el ejército), y para evitar que esté entre soldados (que se enterarían de que el servicio militar no es ni mucho menos una ley de Dios, como les aseguran, sino una ley contraria a Dios). Lo más cómodo para el Gobierno sería castigar a los que se negaran a servir: azotarlos con varas o con cualquier otro sistema, como se hacía en el pasado. Pero no pueden castigar abiertamente a un hombre por ser fiel a la doctrina que todos profesamos. Y tampoco pueden dejar a un hombre en paz si éste desobedece las órdenes. Por este motivo, el Gobierno intenta que abjuren de Cristo con toda clase de sufrimientos, o tratan de librarse de estos hombres discretamente, sin castigarlos abiertamente, pero silenciando todos sus actos y aislándolos del resto de la gente. Entonces empiezan todo tipo de subterfugios, artimañas y suplicios: los deportan a algún lugar recóndito, o los provocan para que se insubordinen, los condenan por violación disciplinar y los encierran en una cárcel, donde, en un batallón disciplinario, a escondidas del mundo, los torturan con toda libertad; o los declaran locos y los recluyen en un manicomio. Todo esto ocurrió en cuatro casos distintos: a un hombre lo mandaron a Tashkent —es decir, hicieron que pareciera que era trasladado al ejército de esa ciudad—; a otro, a Omsk; a un tercero lo condenaron por insubordinación y lo encerraron en la cárcel, y a un cuarto lo metieron en un manicomio.


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