Guerra y Paz

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En general, el rasgo principal de la inteligencia de Speranski, que tanto asombró al príncipe Andréi, era la fe indudable, inamovible, en la fuerza y legalidad de la razón. Era evidente que a Speranski jamás se le habría ocurrido la idea —tan habitual para el príncipe Andréi— de que es imposible, pese a todo, expresar todo cuanto se piensa; ni jamás dudaría de si es o no una tontería todo aquello en lo que se piensa y cree. Esta configuración especial de la mente de Speranski era lo que más atraía de él al príncipe Andréi.

Al principio de conocerlo, el príncipe Andréi sentía una admiración apasionada, semejante a la que en otros tiempos sintiera por Bonaparte. La circunstancia de que Speranski fuera hijo de un sacerdote y que ciertas gentes de menguados alcances pudieran permitirse despreciarlo, motejándolo de “hombre de la Iglesia y pope en ciernes” (lo que ocurría frecuentemente), obligaba a Bolkonski a cuidar celosamente ese sentimiento y, sin él advertirlo, lo avivaba aún más.

En su primera entrevista Bolkonski habló sobre la Comisión de codificación de leyes; Speranski le informó con ironía de que dicha comisión funcionaba desde hacía cincuenta años, que costaba millones de rublos y no había hecho nada útil, que Rosenkampf se había limitado a pegar sendas etiquetas a todos los artículos de la legislación comparada.


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