Guerra y Paz
Guerra y Paz Hoy me he levantado tarde. Me quedé largo rato en el lecho, abandonado a la pereza. ¡Dios mío!, ayúdame; dame fuerzas para poder seguir tu camino. He leído las Sagradas Escrituras, pero sin el ánimo conveniente. Después vino el hermano Urúsov y hemos hablado de la vanidad del mundo. Me ha contado los nuevos proyectos del Emperador. Empecé a criticarlos, pero me acordé de los preceptos y palabras de nuestro bienhechor: el verdadero masón debe ser un agente activo del Estado cuando éste exige su colaboración y debe contemplar con ojos tranquilos aquellas cosas a las que no fue llamado. La lengua es mi peor enemigo. Me han visitado los hermanos G. V. y O.; hablamos de la admisión de un nuevo hermano. Me imponen las obligaciones de “rector”, pero me siento débil e indigno. Hablamos después de la interpretación de las siete columnas y gradas del templo: siete ciencias, siete virtudes, siete vicios, siete dones del Espíritu Santo. El hermano O. fue muy elocuente. Por la noche tuvo lugar la iniciación. El arreglo del local ha contribuido mucho a la magnificencia de la solemnidad. Fue admitido Borís Drubetskói. Yo propuse su admisión y he sido rector. Un extraño sentimiento me inquietó durante todo el tiempo que permanecí con él en la oscura estancia; noté en mí odio por él y me esforcé en vano en vencerlo. Precisamente por eso desearía sinceramente salvarlo del mal y conducirlo al camino de la verdad. Pero los malos pensamientos referentes a él no me abandonan. Me parece que su propósito, al ingresar en nuestra hermandad, es el de acercarse a ciertas gentes y lograr el favor de los que pertenecen a nuestra logia. Además me ha preguntado en varias ocasiones si N. y S. estaban en nuestra logia (preguntas a las que yo no podía responder); según mis observaciones, no es capaz de sentir respeto por nuestra santa organización: está demasiado ocupado y satisfecho de su persona y apariencia para desear la perfección de su yo espiritual. No tenía razones para dudar de él, pero no me pareció sincero, y durante todo el tiempo que estuvimos a solas en la estancia oscura me pareció que sonreía con desprecio al oír mis palabras, y le habría atravesado gustosamente el pecho desnudo con la espada que, según el rito, apoyaba en él. No pude hablar con elocuencia y tampoco pude comunicar sinceramente mis sospechas al gran maestro y a los demás hermanos. ¡Gran Arquitecto de la Naturaleza, ayúdame a encontrar los verdaderos caminos que nos conducen fuera del laberinto de la mentira!