Guerra y Paz
Guerra y Paz Los novios estaban prometidos desde hacÃa un mes, no faltaba más que una semana para la boda y el conde no habÃa decidido aún la cuestión de la dote ni habÃa hablado de ello con su mujer. Unas veces pensaba adjudicar a Vera el terreno de Riazán, otras vender un bosque y otras pedir un préstamo. Unos dÃas antes de la boda, Berg entró muy de mañana en el despacho del conde y con una grata sonrisa preguntó respetuosamente a su futuro suegro cuál era la dote que habÃa destinado a su hija Vera. El conde quedó tan confuso por la pregunta, ya esperada desde hacÃa tiempo, que respondió lo primero que le vino a la cabeza:
—Me gusta que te preocupes. SÃ, me gusta, quedarás contento…
Y dando unas palmaditas en la espalda de Berg se levantó, deseando poner fin a la conversación. Pero Berg, siempre con su grata sonrisa, explicó que si no sabÃa exactamente con qué contaba Vera y no recibÃa una parte por adelantado, tendrÃa que renunciar a la boda.
—Juzgue usted mismo, conde. Si ahora me permitiese celebrar la boda sin contar con medios para mantener dignamente a mi mujer, obrarÃa como un miserable.