Guerra y Paz
Guerra y Paz Una noche, cuando la vieja condesa, con chambra, sin sus falsos bucles, con un delgado mechón de pelo que sobresalía de su blanco gorro de dormir, hacía las genuflexiones de la oración nocturna sobre una pequeña alfombra, entre suspiros y ayes, crujió la puerta y entró corriendo Natasha, calzados los pies desnudos, también con chambra y papillotes. La condesa la miró enfadada mientras concluía la oración interrumpida: “¿Habrá de ser este lecho mi féretro?”. La entrada de su hija cortó su fervor religioso. Natasha, sonrosada y alegre, al ver que su madre rezaba se detuvo y sin darse cuenta sacó la lengua amenazándose a sí misma. Después, viendo que su madre continuaba el rezo, corrió de puntillas hacia la cama, se quitó las zapatillas, restregó sus pequeños pies y saltó al lecho que la condesa Rostova temía tener por féretro. Era una cama alta, con colchones de pluma y cinco almohadones superpuestos en disminución. Natasha se hundió en las plumas, se volvió de cara a la pared y procuró acomodarse bajo el edredón. Quedó por fin sentada, con las piernas dobladas junto a la barbilla, sin dejar de moverse: tan pronto pataleaba como reía bajito, bien se tapaba la cabeza o miraba a su madre. La condesa terminó sus oraciones y se acercó a ella con rostro severo. Pero al ver a Natasha con la cabeza tapada, sonrió con su bondadosa y dulce sonrisa.
—Y bien, ¿qué hay?— dijo.
