Guerra y Paz
Guerra y Paz El 31 de diciembre, como despedida del año 1809, se iba a celebrar le réveillon en casa de un alto dignatario de los tiempos de Catalina la Grande. Debían asistir el Cuerpo diplomático y el Emperador.
En el paseo de los Ingleses, sobre el Neva, el palacio del prócer resplandecía con sus miles de luces. Junto a la entrada, profusamente iluminada, se había tendido una alfombra roja y, además de los gendarmes, estaba el jefe de la policía con decenas de oficiales. Llegaban sin interrupción los carruajes, con lacayos de librea roja y lacayos con plumas en los sombreros. De los coches descendían personajes uniformados con sus bandas y condecoraciones. Las señoras, de raso y armiño, pisaban con precaución los estribos, desplegados con estruendo, y avanzaban rápidas y silenciosas por la alfombra de la entrada.
A cada nueva carroza que llegaba ante el palacio, un murmullo recorría la multitud de curiosos y los hombres se descubrían.
—¿Es el Emperador?… No, es el ministro… el príncipe… el embajador… ¿Es que no ves el penacho?— se oía decir entre la multitud.
Uno de ellos, mejor vestido que los demás, parecía conocer a todos los personajes que llegaban e iba diciendo el nombre de los más linajudos dignatarios de entonces.
