Guerra y Paz
Guerra y Paz —Mon cher BorÃs— dijo la princesa Anna Mijáilovna cuando el coche de la condesa Rostova que los conducÃa hubo cruzado la calle cubierta de paja y entraba en el amplio patio del conde Kiril VladimÃrovich Bezújov, —mon cher BorÃs— repitió la madre, sacando la mano del gastado abrigo y poniéndola con tÃmido y cariñoso gesto en el brazo del hijo, —sé afectuoso y atento; el conde Kiril VladimÃrovich es tu padrino y de él depende tu porvenir. No lo olvides, mon cher, sé todo lo amable que puedas, como tú sabes serlo…
—Si supiera que iba a resultar algo más que una humillación…— respondió el hijo frÃamente. —Pero he prometido hacerlo y lo haré por usted.
Aunque habÃa una carroza detenida frente a la escalinata, el portero examinó de pies a cabeza a la madre y al hijo (que sin hacerse anunciar entraban directamente en el vestÃbulo de vidrieras, entre dos hileras de estatuas colocadas en sus nichos) y viendo el viejo abrigo de Anna Mijáilovna les preguntó a quién deseaban ver: si a las condesas o al conde. Al responderle ellos que al conde, informó que Su Excelencia estaba peor y no recibÃa a nadie.
—Podemos irnos— dijo BorÃs en francés.
—Mon cher— replicó la madre con voz suplicante, tocando de nuevo la mano de su hijo, como si sólo con el contacto pudiese calmarlo o animarlo.
