Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Ya era de noche cuando el príncipe Andréi salió de casa de los Rostov. Se acostó por la fuerza de la costumbre, pero pronto vio que le era imposible dormir. Bien encendía la vela, como se sentaba en el lecho, se levantaba, volvía a tumbarse, sin que el insomnio tenaz lo hiciera sufrir. Estaba alegre, renovado, como si acabara de salir de una habitación asfixiante al aire libre. No se le ocurría pensar, siquiera, que estuviera enamorado de Natasha; no pensaba en ella, pero su sola imagen hacía que su vida apareciera bajo una nueva luz. “¿Para qué me esfuerzo?, ¿para qué me afano en un ambiente estrecho y cerrado, cuando la vida, toda la vida, se me abre con sus alegrías?” Por primera vez, después de mucho tiempo, comenzó a hacer proyectos felices para el porvenir. Decidió que debía ocuparse de la educación de su hijo, confiarla a un buen preceptor; debía también dimitir de su cargo y salir al extranjero, visitar Inglaterra, Suiza e Italia. “Debo aprovechar mi libertad mientras sienta en mí tanto vigor y tanta juventud —se decía a sí mismo—. Tenía razón Pierre cuando aseguraba que es preciso creer en la posibilidad de ser feliz para serlo. Ahora creo en ella. Dejemos que los muertos entierren a los muertos; mientras se vive, hay que vivir y ser feliz.”




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