Guerra y Paz
Guerra y Paz Una mañana, el coronel Adolfo Berg, al que Pierre conocÃa (como a todos en Moscú y San Petersburgo), se presentó en casa del conde Bezújov con su impecable uniforme, sus patillas engomadas y peinadas hacia adelante, como las que llevaba el emperador Alejandro Pávlovich.
—Acabo de estar con la condesa, su esposa, y he tenido la desgracia de que no fuera aceptada mi petición. Espero que con usted, conde, tenga mejor suerte— dijo sonriendo.
—¿Qué desea, coronel? Estoy a su disposición.
—He acabado de instalarme en mi nueva casa, señor conde— comenzó, sabiendo, al parecer, que no podÃa por menos de ser grata la noticia, —y con ese motivo quiero ofrecer una pequeña velada a mis amigos y a los de mi esposa— y sonrió con más amabilidad aún. —He pedido a la señora condesa, y se lo pido a usted, que me concedan el honor de venir a mi casa a tomar una taza de té y… a cenar.