Guerra y Paz
Guerra y Paz Pierre, como uno de los invitados más importantes, debía jugar con Iliá Andréievich, el general y el coronel. Le correspondió sentarse enfrente de Natasha y quedó asombrado del extraño cambio operado en ella desde el baile. Estaba silenciosa y, lejos de parecer tan bella como aquel día, se la habría dicho fea, de no ser por su aire apacible e indiferente a todo.
“¿Qué le ocurre?”, pensaba Pierre. Natasha se había sentado al lado de su hermana, junto a la mesita de té, y respondía sin mirarlo y con desgana a las preguntas de Borís, que se había acercado a ella. Pierre, que había fallado a un palo y hecho cinco bazas con gran satisfacción de su compañero, la miró de nuevo al oír ruido de pasos y voces de saludo de alguien que entraba en la sala.
“¿Qué le ha pasado?”, volvió a pensar, aún más sorprendido.
El príncipe Andréi estaba ante ella, hablándole con ternura solícita. Natasha, con las mejillas encendidas, lo miraba, tratando de contener la respiración anhelante. Ardía de nuevo en ella aquel fuego interior antes apagado. Ahora era otra Natasha que, de fea, volvió a ser la misma del baile.
