Guerra y Paz

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XXII

Al día siguiente, invitado por el conde Iliá Andréievich, el príncipe Andréi comió con los Rostov y pasó en su casa toda la jornada.

Toda la familia sabía por quién iba el príncipe y él, sin ocultarlo, trataba de permanecer todo el tiempo con Natasha. No sólo en el ánimo de Natasha, la asustada pero feliz Natasha, sino en el de la familia entera, se sentía temor ante algo importante que iba a suceder. La condesa, con los ojos tristes, pensativa y grave, miraba al príncipe Andréi mientras hablaba con su hija, pero apenas Bolkonski se volvía hacia ella fingía tímidamente comenzar una conversación intrascendente. Sonia temía abandonar a Natasha y ser un estorbo cuando se quedaba con los dos. Natasha palidecía de miedo, a la espera de no sabía qué, siempre que se quedaba a solas con él; el príncipe la asombraba con su timidez; se daba cuenta de que deseaba decirle algo y no llegaba a decidirse.

Al atardecer, cuando el príncipe Andréi se fue, la condesa se acercó a su hija y le preguntó en un susurro:

—¿Hay algo?

—Por favor, mamá, no me pregunte nada ahora— dijo Natasha. —De eso no se puede hablar.


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