Guerra y Paz
Guerra y Paz Pero aquella noche, Natasha, tan pronto inquieta como asustada, con la mirada inmóvil, permaneció largo tiempo en la cama de su madre. Le contó los cumplidos del príncipe y sus proyectos de viajar por el extranjero; le había preguntado dónde iban a pasar el verano; le había preguntado también acerca de Borís.
—¡Nunca, nunca… he sentido cosa semejante!— prosiguió. —Pero delante de él me siento asustada y tengo miedo. ¿Qué significa eso? ¿Quiere decir que es… de verdad? ¡Mamá! ¿Se ha dormido?
—No, cariño… También yo tengo miedo— respondió la madre. —Vete a dormir.
—Es lo mismo, no dormiré. ¡Es una tontería dormir! Mamá, mamita, nunca he sentido algo así— repetía asustada y asombrada por aquel sentimiento que descubría en sí. —¿Quién se lo iba a imaginar?…
Natasha creía estar enamorada del príncipe Andréi desde la primera vez que lo viera en Otrádnoie. Se diría que aquella extraña e inesperada felicidad la asustaba; el hombre a quien entonces había escogido (y estaba convencida de ello) volvía ahora a aparecer y, a juzgar por todo, ella también le gustaba a él.
“Y ahora que estamos en Petersburgo aparece él aquí, como a propósito. Y la casualidad de encontrarnos en aquel baile. Es el destino, claro que es el destino, todo tendía a ese fin. Nada más verlo por primera vez sentí algo especial.”