Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Sí; es un hombre bueno, un poco excéntrico.

Y como siempre que hablaba de Pierre, comenzó a contar anécdotas sobre su distracción, anécdotas que a veces inventaba.

—Le he confiado nuestro secreto— dijo el príncipe Andréi. —Lo conozco desde la infancia; tiene un corazón de oro. Yo, Natasha…— dijo, de pronto, seriamente. —Yo debo partir. Dios sabe lo que puede suceder. Usted, tal vez, deje de amar… Bien, sé que no debo hablar de eso, pero le pido una cosa: si algo le sucediera mientras estoy ausente…

—¿Qué puede suceder?

—Si ocurriera alguna desgracia…— continuó el príncipe, —le ruego, mademoiselle Sophie— y se volvió a Sonia, —que acudan a él en busca de consejo y ayuda. Es el hombre más distraído y estrafalario que hay, pero el mejor corazón que pueda haber en el mundo.

Ni sus padres, ni Sonia, ni el príncipe Andréi podían haber previsto qué efecto produciría en Natasha la marcha de su novio. Con el rostro enrojecido, inquieto, los ojos sin lágrimas, recorrió de arriba abajo la casa durante todo el día, ocupándose de las cosas más insignificantes, como si no comprendiera lo que la esperaba. No lloró ni cuando él, al despedirse, besó por última vez su mano.


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