Guerra y Paz

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I

La ociosidad, según la tradición bíblica, la falta de todo trabajo, era la condición que aseguraba la felicidad, el bienestar del primer ser humano antes de su caída. El gusto por la ociosidad no ha cambiado en el hombre después de su caída, pero la maldición sigue pesando sobre él, y no sólo porque debamos ganar el pan con el sudor de nuestra frente, sino porque nuestra naturaleza moral nos prohíbe estar ociosos y tranquilos al mismo tiempo. Una voz secreta nos dice que por estar ociosos somos culpables. Si el hombre pudiese hallar un estado en el que, sin dejar de ser ocioso, supiese que es útil y que cumple con su deber, habría recuperado una parte de la felicidad primitiva. Hay todo un estamento, el militar, que goza de semejante estado de ociosidad obligatoria e irreprochable, y en ello reside y residirá el especial atractivo del servicio de las armas.

Nikolái Rostov experimentaba de lleno esa dicha después del año 1807, sirviendo en el regimiento de Pavlograd, donde ya mandaba el escuadrón que era antes de Denísov.

Rostov se había convertido en un buen muchacho de maneras rudas, a quien las amistades moscovitas encontrarían de mauvais genre[307] pero a quien querían y respetaban sus camaradas, subalternos y superiores; además, estaba contento de su propia vida.


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