Guerra y Paz

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Ahora tenía que ir, si no solicitando la baja, sí, por lo menos, pidiendo un permiso. No le alcanzaban las razones, pero después de la siesta ordenó que le ensillaran a Marte, un potro gris muy resabiado que hacía tiempo no montaba; a la vuelta, con el caballo sudoroso, manifestó a Lavrushka (el asistente de Denísov, que ahora estaba con él) y a los camaradas que acudieron a verlo más tarde, que había pedido permiso y se iba a casa. Aunque le parecía extraño pensar que se iba sin enterarse en el Estado Mayor (lo que le interesaba de manera especial) si lo promovían a capitán o le concedían la cruz de Santa Ana por su actuación en las últimas maniobras; que se iba, por extraño que fuera, sin ver al conde polaco Golujovski para venderle los tres caballos tan ansiados por éste y por los cuales había apostado que sacaría dos mil rublos; que se iba, por incomprensible que le pareciera la idea de no asistir al baile ofrecido a la señora Pshazdezka (para rivalizar con los ulanos, que ofrecían otro a la señora Borzhovka). Sabía que su deber era abandonar aquel ambiente feliz, donde todo estaba a la vista, y dirigirse a ese otro mundo en el que todo era absurdo y confuso. Una semana después recibió el permiso. Los húsares, no sólo del regimiento, sino de toda la brigada, le ofrecieron un banquete de quince rublos el cubierto, con dos orquestas y dos coros. Rostov bailó el trepak con el mayor Básov; los oficiales, embriagados, mantearon y abrazaron a Rostov y lo dejaron caer al suelo; los soldados del tercer escuadrón volvieron a mantearlo a los gritos de ¡hurra! Por último, colocaron a Nikolái en el trineo y lo acompañaron hasta la primera parada.


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