Guerra y Paz
Guerra y Paz “¿Por qué retrasarlo? ¿Por qué no hacer público el compromiso?”, pensaba el joven. Una vez, mientras hablaba con su madre acerca de Natasha, comprendió, extrañado y en parte satisfecho, que su madre, como él, veía con cierta desconfianza aquel matrimonio.
—Ya ves— decía la condesa, enseñando a su hijo una carta del príncipe Andréi, con esa oculta hostilidad de cada madre hacia la futura felicidad conyugal de su hija. —Ya ves, dice que no puede venir antes de diciembre. ¿Qué puede retenerlo tanto? Probablemente su enfermedad. No tiene buena salud. Pero no hables de eso con Natasha. Y no creas en su alegría: son sus últimos días de soltera, yo sé cómo se pone cuando recibe carta de él. Aunque con la ayuda de Dios, todo irá bien— terminaba siempre la condesa. —Es una persona excelente.