Guerra y Paz
Guerra y Paz Desde su vuelta Nikolái andaba serio y hasta triste. La necesidad de intervenir en los enojosos asuntos de la administración, para lo cual lo había llamado su madre, lo agobiaba cada vez más. Y para acabar lo antes posible con semejante carga, al tercer día de su regreso se dirigió, malhumorado y cejijunto, sin responder a su madre, que le preguntaba adonde iba, al pabellón de Míteñka para pedirle cuentas de todo. En qué consistían esas cuentas de todo, Nikolái lo ignoraba tanto como Míteñka, que temblaba de miedo y perplejidad ante el hijo del conde. La conversación y el informe de Míteñka no duraron mucho tiempo. El stárosta y los elegidos por la comunidad y el zemstvo, que esperaban en el vestíbulo, escucharon, con una mezcla de placer y temor, primero la voz del joven conde que subía de tono y después las temibles palabras injuriosas que caían seguidas una tras otra.
—¡Ladrón! ¡Bestia desagradecida…! ¡Perro, te haré pedazos!… ¡No estás hablando con mi padre…! ¡Nos has robado…!
Después aquella gente, con no menos placer y temor, vio cómo el joven conde, encendido el rostro, los ojos inyectados de sangre, sacaba a Míteñka por el cuello y, administrándole hábilmente, entre palabra y palabra, un puntapié en las posaderas, lo echaba fuera, gritando: