Guerra y Paz

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—¡Fuera! ¡Y que no vuelva a verte por aquí, canalla!

Míteñka bajó rodando los seis escalones y escapó corriendo por un plantío de arbustos. (Ese lugar servía de refugio a todos cuantos cometían en Otrádnoie alguna falta. El propio Míteñka se ocultaba allí cuando volvía borracho de la ciudad, y muchos habitantes del lugar, que se escondían de Míteñka, conocían la fuerza salvadora de aquel lugar.)

Las cuñadas y la mujer de Míteñka aparecieron asustadas en la puerta de una habitación donde hervía el reluciente samovar y se veía la alta cama del administrador; con un cobertor hecho con pequeños trozos de tela.

El joven Rostov, sofocado, sin reparar en ellas, volvió a su casa con paso enérgico.

La condesa, a quien las muchachas informaron inmediatamente de lo sucedido en el pabellón de Míteñka, por un lado se tranquilizó, pensando que la situación económica de la casa iba a mejorar, aunque la inquietó el efecto que el disgusto podía producir en su hijo. Varias veces, de puntillas, se acercó a la puerta de la habitación de Nikolái, oyendo cómo fumaba una pipa tras otra.

Al día siguiente el conde llamó aparte a su hijo y sonriendo tímidamente le dijo:


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