Guerra y Paz

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III

Empezaban los primeros fríos. Las heladas matinales endurecían la tierra húmeda por las lluvias de otoño y los primeros brotes de las sementeras de invierno apuntaban ya con su verde intenso, destacándose entre los rastrojos amarillos de las siembras veraniegas, pisoteados por los animales, y las franjas rojizas del alforfón. Las copas de los árboles y los bosques, que a fines de agosto eran todavía islotes verdes en medio de los negros campos de cultivo, estaban ahora dorados y rojizos entre el verde de las sementeras de otoño. La liebre gris cambiaba el pelo; las crías de los zorros comenzaban a dispersarse por el campo y los lobos jóvenes eran ya más corpulentos que los perros. Era la estación ideal para la caza. Los perros de Rostov —cazador joven y fogoso— habían quedado flacos, y los ojeadores, reunidos en consejo, decidieron que deberían darles tres días de descanso, hasta el día 16, cuando comenzarían a seguir el rastro de una manada de lobos vista recientemente en Dubrava.

Así estaban las cosas el 14 de septiembre.




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