Guerra y Paz
Guerra y Paz Entretanto, Nikolái Rostov seguía en su puesto esperando al lobo. Comprendía lo que estaba sucediendo en el bosque por el ladrido de los perros y las voces de los ojeadores, que indicaban la cercanía o lejanía del animal. Sabía que en el coto había lobos jóvenes y viejos, que los perros estaban divididos en dos jaurías y perseguían a la bestia por algún sitio y que había ocurrido algo desagradable. A cada momento esperaba la aparición del lobo. Hacía mil suposiciones sobre la dirección que traería y sobre el modo de atacarlo. La esperanza sucedía a la desesperación. Pidió a Dios varias veces que el lobo se pusiera a su alcance; lo imploró con una mezcla de fervor y vergüenza, como hacen las personas que rezan en un instante de gran emoción pero por un motivo ínfimo. “¿Qué te costaría concederme este favor? —decía a Dios—. Hazlo por mí. Sé que eres grande y que cometo un pecado al pedírtelo; pero, Dios mío, haz que un lobo viejo venga hacia aquí y que, ante los ojos de mi tío que nos está mirando desde allá, Karai le salte al cuello y lo mate.” Mil veces, en esa media hora, recorrieron los ojos de Rostov, obstinados, tenaces e inquietos, la linde del bosque, con sus dos solitarios robles que extendían las ramas sobre un macizo de pobos, el barranco, con sus orillas erosionadas por el agua, el gorro del tío, que sobresalía apenas entre los arbustos de la derecha.