Guerra y Paz

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—Bonjour, ma cousine— saludó Pierre. —Vous ne me reconnaissez pas?[84]

—Lo conozco muy bien, demasiado bien.

—¿Cómo está el conde? ¿Podría verlo?— preguntó Pierre con la torpeza de siempre, pero sin turbarse.

—El conde sufre moral y físicamente, y se diría que se preocupa usted de procurarle aun más dolores morales.

—¿Puedo ver al conde?— repitió Pierre.

—¡Hum!… Si quiere acabar de matarlo, matarlo del todo, puede verlo. Olga, ve a ver si el caldo del tío está a punto; ya va siendo la hora de su comida— añadió, mostrando así a Pierre que ellas estaban muy ocupadas en cuidar a su padre mientras que él no pensaba más que en mortificarlo.

Olga salió. Pierre permaneció unos instantes de pie, miró a las hermanas y dijo, despidiéndose:

—Entonces volveré a mi habitación. Cuando pueda verlo, me avisan.

Salió y oyó a sus espaldas una risa sonora, pero no fuerte, de la hermana del lunar.

Al día siguiente llegó el príncipe Vasili, que se alojó en casa del conde. Hizo llamar a Pierre y le dijo:


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