Guerra y Paz

Guerra y Paz

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—Estaba cansada; ha corrido tres veces ella sola— dijo Nikolái, sin oír a nadie y sin fijarse en si los demás lo escuchaban o no.

—Pero, ¡eso es cazar de través!— comentó el palafrenero de Ilaguin.

—¡Sí, de esa manera, en cuanto ella falló, cualquier perro vulgar lo consigue!— decía Ilaguin, jadeante por la emoción y la carrera.

Natasha, entretanto, entusiasmada y alegre, chillaba de tal manera que aturdía a los cazadores; a su modo expresaba lo mismo que los demás manifestaban con palabras. Y sus chillidos eran tan estridentes que en otras circunstancias ella misma se habría avergonzado y los demás habrían quedado estupefactos. El tío colgó la liebre del arzón y, como reprochando a todos no se sabe qué y con el aire de no querer hablar con nadie, montó de nuevo y marchó solo. Los demás se separaron malhumorados y ofendidos, y sólo pasado bastante tiempo lograron recobrar el aire de fingida indiferencia. Largo tiempo estuvieron mirando a Rugai que, manchada de barro la joroba y con el aire tranquilo de un vencedor, seguía tras el caballo de su amo haciendo tintinear la plaquita de su collar.

A Nikolái le pareció leer en la expresión del perro: “Soy como los demás cuando no se trata de cazar, pero, entonces, no me perdáis de vista”.


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