Guerra y Paz

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VII

Al atardecer, cuando Ilaguin se despidió de Nikolái, el joven conde se hallaba tan distante de su casa que aceptó la invitación que le hacía el tío de dejar la jauría y todo el equipo de la caza en su aldea de Mijáilovna.

—Y si vinierais a mi casa, las cosas claras, siempre adelante, tanto mejor— dijo el tío. —El tiempo está húmedo; podríais descansar y llevarían a la condesita en coche.

Aceptaron la propuesta del tío; enviaron un cazador a Otrádnoie en busca del coche y Nikolái, Natasha y Petia se dirigieron a la casa de Mijaíl Nikanórovich.

En el porche de la entrada principal esperaban al amo cinco criados, unos grandes y otros chicos. Decenas de mujeres, jóvenes y viejas, se asomaron por la entrada de servicio a ver a los cazadores que llegaban. La presencia de Natasha, una señorita a caballo, despertó la curiosidad de los criados hasta tal punto que muchos, sin turbación alguna, se aproximaron para verla de cerca y, en su presencia, expresaban sus opiniones como si se refirieran a un fenómeno extraño o a un objeto expuesto que no pudiera comprender los comentarios que suscitaba.

—Fíjate, Arinka, va sentada de lado. Y le cuelga la falda… ¡Hasta lleva un cuerno!

—¡Por todos los santos! ¡Y un puñal…!

—¡Debe ser tártara!


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