Guerra y Paz

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IX

Llegó la Navidad y, aparte de la misa solemne y de las fastidiosas felicitaciones de convecinos y domésticos y de los trajes nuevos para todos, no sucedió nada de especial. Pero aquel frío de veinte grados bajo cero, la ausencia de viento y el sol resplandeciente y cegador de día y la luz de las estrellas por la noche impulsaban la necesidad de celebrar de algún modo la fecha.

Al tercer día de fiestas, después de comer, toda la familia se dispersó por las habitaciones; eran los instantes más aburridos de la jornada. Nikolái, que por la mañana había visitado a algunos vecinos, se quedó dormido en el saloncito de los divanes; el viejo conde descansaba en su despacho; Sonia permanecía sentada ante la mesa redonda de la sala y copiaba un dibujo; la condesa hacía un solitario; Nastasia Ivánovna, el bufón, con cara triste, se había reunido con dos viejas junto a la ventana. Natasha entró en la sala; se acercó a Sonia, miró lo que estaba haciendo, luego se acercó a su madre y se detuvo, sin decir nada.

—¿Por qué andas como un alma en pena? ¿Qué necesitas?— preguntó la condesa.

—Lo necesito a él… Ahora, en este momento, lo necesito— dijo Natasha gravemente y con los ojos brillantes.

La condesa levantó la cabeza y miró fijamente a su hija.


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