Guerra y Paz

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XII

Cuando llegó el momento de abandonar la casa de Pelagueia Danílovna, Natasha, que siempre se daba cuenta de todo, hizo que Luisa Ivánovna pasase al trineo de Dimmler, y ella pasó también, dejando a Sonia y Nikolái con las muchachas.

Nikolái, sin preocuparse de adelantar a nadie, llevaba el trineo con mesura y de vez en cuando miraba fijamente a Sonia, buscando a través de las cejas y el bigote, a la extraña claridad de la luna, en esa luz que todo lo cambia, la Sonia de otros tiempos y la de ahora, de quien había decidido no separarse ya más. La contemplaba con insistencia; al recordar el olor de corcho quemado mezclado con la sensación de los besos, respiraba a pleno pulmón el aire helado, y, mirando la tierra que iba huyendo a los lados del trineo, y el cielo brillante, de nuevo se sentía transportado a un país de maravilla.

—Sonia, ¿te encuentras bien?— preguntaba de vez en cuando.

—Sí— respondía Sonia, —¿y tú?

A mitad de camino, Nikolái dejó al cochero los caballos y se acercó un momento al trineo de Natasha.

—¡Natasha, escucha! Me he decidido con Sonia— susurró en francés.

—¿Se lo has dicho?— preguntó Natasha, animada y feliz.


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