Guerra y Paz
Guerra y Paz Homenajes, malos cuadros y estatuas, sociedades filantrópicas, zíngaros, escuelas, banquetes en honor de cualquiera, orgías, masones, iglesias, libros: nada ni a nadie rechazaba; y de no existir dos amigos suyos, que le debían sumas importantes de dinero, convertidos ahora en sus protectores, habría dado cuanto poseía. No había un banquete o una velada en el Club a la que no asistiese. Y en cuanto se sentaba en su sitio del diván, después de dos botellas de Château-Margaux, todos lo rodeaban y comenzaban las discusiones, los comentarios y las bromas.
Y si la discusión se deslizaba por cauces violentos, Pierre, con su sonrisa bonachona y una cuchufleta oportuna, volvía a poner las cosas en su sitio. Las logias masónicas parecían tristes y aburridas cuando él no estaba.
Cuando después de una cena de solteros, con su sonrisa buena y dulce, cediendo al deseo de los alegres comensales, se levantaba para ir con ellos, entre los jóvenes estallaban alegres exclamaciones. Si en el baile faltaba un caballero, bailaba. Las señoras jóvenes y las casaderas lo querían porque, sin hacer la corte a ninguna, era igualmente amable con todas, sobre todo después de una comida. “Il est charmant, il n'a pas de sexe”[308], decían de él.