Guerra y Paz
Guerra y Paz Leía todo cuanto caía en sus manos; y leía tanto que en cuanto entraba en su casa, mientras los lacayos lo desvestían, ya tenía un libro en la mano. De la lectura pasaba al sueño y del sueño a la charla en los salones y en el Club, de la charla a la disipación y a las mujeres, y de la disipación de nuevo a las charlas, a la lectura y al vino. La bebida se convertía para él en una necesidad física y moral. Aunque los médicos le decían que, por su corpulencia, el alcohol era peligroso para su salud, no dejaba de beber en exceso. Solamente cuando, sin darse cuenta, vaciaba varios vasos de vino en su amplia boca, conseguía encontrarse bien del todo; sentía, entonces, un grato calor en el cuerpo, ternura hacia todos sus prójimos y la disposición mental de reaccionar superficialmente ante cada idea sin profundizar en ella. Sólo después de haber bebido un par de botellas percibía vagamente que aquel nudo de la vida, tan terrible y complicado, que tanto lo asustara antes, no era en realidad tan temible. Con la cabeza llena de zumbidos, charlando, oyendo las conversaciones de los demás o leyendo después de comer y cenar, no cesaba de ver uno u otro aspecto de ese nudo de la vida. Pero bajo la influencia del vino se decía: “No importa. Lo desataré. La explicación está en mis manos, si bien ahora no tengo tiempo: después pensaré en todo esto”. Y ese después no llegaba nunca.