Guerra y Paz
Guerra y Paz El príncipe había envejecido mucho durante ese año. Eran muy evidentes en él las señales de la senilidad: la intempestiva somnolencia, el olvido de acontecimientos recientes y memoria tenaz de los lejanos y la infantil vanidad con que aceptaba la jefatura de la oposición moscovita. Sin embargo, cuando el anciano, especialmente por las tardes, aparecía a la hora del té con su corto abrigo de piel y su peluca empolvada y, provocado por alguien, comenzaba sus relatos sobre el pasado o exponía sus opiniones violentas y duras sobre el presente, excitaba en todos sus visitantes un mismo sentimiento de admiración y respeto. Para quienes visitaban su mansión, aquella casa magnífica con sus grandes espejos y sus muebles de estilo, los criados vestidos de librea y empolvados y, sobre todo, el anciano señor, inteligente y rudo, su dulce hija y la bonita señorita francesa que lo adoraban, constituía un espectáculo grato y majestuoso. Mas los visitantes no pensaban que, además de aquellas dos o tres horas en que veían a los dueños de la casa, había otras veintidós durante las cuales transcurría su vida íntima y secreta.