Guerra y Paz
Guerra y Paz En los últimos tiempos, en Moscú, esa vida Ãntima se habÃa hecho muy penosa para la princesa MarÃa. Se veÃa privada en la ciudad de sus dos grandes alegrÃas: la conversación con los hombres de Dios y la soledad, que tanto la confortaba en Lisie-Gori, sin obtener ninguna ventaja ni alegrÃa de la vida en la capital. No frecuentaban la sociedad; era sabido que su padre no la dejaba salir sin él, y como, a causa de su salud delicada, no podÃa hacerlo, no se la invitaba ya a veladas ni cenas. La princesa MarÃa habÃa abandonado toda esperanza de casarse; no le pasaba por alto la frialdad y hasta la cólera con que el prÃncipe Nikolái Andréievich recibÃa y alejaba a los jóvenes que pudieran ser pretendientes y que a veces venÃan a su casa. No tenÃa amigas; en aquel viaje a Moscú se habÃa desilusionado de las dos personas que eran las más próximas a ella: mademoiselle Bourienne, con la que ya antes no podÃa ser franca del todo, le era ahora desagradable y, por ciertas razones, se alejaba cada vez más de ella; Julie, que estaba en Moscú y con la cual habÃa mantenido correspondencia durante cinco años, le resultó completamente ajena cuando tuvo ocasión de tratarla personalmente. Julie, que, tras la muerte de sus hermanos, se habÃa convertido en uno de los partidos más ricos de Moscú, estaba lanzada a la vorágine de los placeres mundanos. AparecÃa siempre rodeada de jóvenes que, según pensaba, habÃan apreciado de pronto todas sus cualidades. Julie habÃa llegado a ese punto de la vida cuando las señoritas de la alta sociedad saben que comienzan a envejecer, que se enfrentan con la última posibilidad de casarse, y que si la suerte no se decide inmediatamente no se decidirá jamás. Cada jueves, la princesa MarÃa recordaba con tristeza que ahora no tenÃa a nadie a quien escribir, porque a Julie, cuya presencia le era ahora tan poco grata, la podÃa ver cada semana. Como un viejo emigrado que renunció a casarse con la dama a cuyo lado pasara todas las tardes durante varios años, la princesa MarÃa sentÃa que Julie estuviese allà y que no hubiera a nadie a quien escribir. No tenÃa con quién hablar ni a quién confiar sus penas en Moscú; y las penas habÃan aumentado mucho últimamente. Se acercaba la fecha del regreso del prÃncipe Andréi y de su matrimonio, y no sólo no habÃa resuelto la manera de interceder ante su padre sino que cada dÃa le parecÃa más difÃcil hacerlo: recordar al prÃncipe la existencia de la condesa Rostova era lo mismo que encolerizarlo, cuando ya de por sà estaba malhumorado la mayor parte del tiempo. Un nuevo dolor se vino a sumar a las penalidades de la princesa MarÃa: las lecciones que daba a su sobrino, entonces de seis años. En sus relaciones con Nikóleñka advertÃa con horror los mismos impulsos coléricos que su padre. Se repetÃa una y otra vez que no debÃa dejarse llevar de la impaciencia al dar clase al sobrino, pero, cada vez que se sentaba con el puntero en la mano para enseñarle el alfabeto francés, sentÃa tal deseo de comunicar lo más fácil y rápidamente posible sus conocimientos al niño que él comenzaba a sentir miedo de que la tÃa se enfadase; a la menor distracción suya la princesa MarÃa se estremecÃa, se apresuraba, se encolerizaba, levantaba la voz, lo sacudÃa a veces del brazo y llegaba a ponerlo en el rincón; después de lo cual, la princesa comenzaba a llorar reconociendo su maldad, la perversidad de su espÃritu, y Nikóleñka unÃa sus lágrimas a las suyas, abandonaba sin permiso el lugar del castigo, se acercaba a la princesa, separaba sus manos del rostro húmedo de lágrimas y la consolaba.