Guerra y Paz
Guerra y Paz En el entreacto, una corriente de aire frÃo se filtró en el palco de Elena, se abrió la puerta y entró Anatole, inclinándose y tratando de no molestar a nadie.
—PermÃtame que le presente a mi hermano— dijo Elena, mirando inquieta a Natasha y a su hermano.
Natasha, por encima del hombro desnudo, volvió su linda cabeza y sonrió. Anatole, que resultaba tan guapo de cerca como de lejos, se sentó a su lado y dijo que desde hacÃa tiempo deseaba aquel honor, desde el baile en casa de los Narishkin, donde habÃa tenido el inolvidable placer de verla y que no habÃa podido olvidar. Con las mujeres Anatole Kuraguin era mucho más inteligente y sencillo que con los hombres; conversaba con seguridad y sencillez; Natasha quedó sorprendida y gratamente impresionada al comprobar que aquel hombre, del que tantas cosas se contaban, no tenÃa nada de temible, sino que, por el contrario, sonreÃa con una sonrisa ingenua, alegre y bonachona.
Kuraguin se interesó por la opinión de Natasha sobre el espectáculo y contó que, en la representación anterior, la Semiónovna se habÃa caÃdo cuando cantaba.
—¿Sabe, condesa— dijo como si hablase con una vieja amiga, —que organizamos un baile de máscaras? DeberÃa venir; será divertidÃsimo. Nos reunimos en casa de los Arjárov. Se lo ruego de veras, venga.
