Guerra y Paz

Guerra y Paz

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Sólo cuando llegó a casa pudo Natasha reflexionar tranquilamente sobre cuanto le había sucedido, y de pronto, durante el té, que todos tomaron después del teatro, al recordar al príncipe Andréi, se estremeció horrorizada, no pudo contener un grito y salió corriendo y enrojecida de la habitación. “¡Dios mío! ¡Estoy perdida! ¿Cómo he podido llegar a eso?”, pensaba. Permaneció durante mucho tiempo con el rostro enrojecido oculto entre las manos, procurando hacerse una clara idea de cuanto le había sucedido, pero no conseguía comprender lo pasado ni tampoco lo que sentía. Todo le parecía oscuro, confuso y terrible. Allá, en la inmensa sala iluminada del teatro, donde a los sones de la música saltaba Duport sobre las tablas húmedas con su chaqueta de lentejuelas y las piernas desnudas, y las señoritas, los viejos y Elena, casi desnuda y con una sonrisa tranquila y orgullosa, gritaban “¡bravo!” con entusiasmo, allá, a la sombra de aquella mujer, todo parecía sencillo y claro; pero ahora, sola, enfrentada a sí misma, eso era incomprensible. “¿Pero qué es eso? ¿Qué es ese miedo que siento de él? ¿Ese remordimiento que sufro ahora?”, se preguntaba.





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