Guerra y Paz

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XII

Al día siguiente de haber ido al teatro, los Rostov no salieron de casa, ni nadie vino a visitarlos. A escondidas de Natasha, María Dmítrievna habló con el conde. Natasha adivinó que hablaban del viejo príncipe Bolkonski y que tramaban algo; eso la inquietó y ofendió a la vez. A cada momento esperaba al príncipe Andréi, y, por dos veces en aquel día, envió al portero a Vozendvízhenka para informarse. Pero no había llegado y ella se sentía peor que durante los primeros días de su regreso a Moscú. A esta impaciencia y tristeza se añadía el desagradable recuerdo de la entrevista con la princesa María y el viejo príncipe, y miedo y también desasosiego cuya causa no se explicaba. Le parecía que Andréi no iba a volver más o que antes de su regreso a ella le iba a ocurrir algo. Ya no podía como antes pensar en él tranquilamente, a solas, durante largos ratos; al momento acudía a su memoria el recuerdo del viejo príncipe, de la princesa, del teatro y de Kuraguin. De nuevo se preguntaba si no era culpable, si no había faltado a su fidelidad al príncipe Andréi; analizaba detalladamente cada palabra, cada gesto, cada matiz de lo dicho por aquel hombre que había despertado en ella un sentimiento incomprensible y turbador. Ante sus familiares Natasha parecía más animada que de costumbre, pero en su interior estaba muy lejos de la serena felicidad de antes.


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