Guerra y Paz
Guerra y Paz El domingo por la mañana, María Dmítrievna invitó a sus huéspedes a oír misa en su parroquia, en la iglesia de la Asunción.
—No me gustan las iglesias que están de moda— decía orgullosa, al parecer, de su independencia. —Dios es el mismo en todas partes. Nuestro pope es muy bueno y oficia dignamente, lo mismo que el diácono. ¿Acaso la santidad depende de que canten mejor o peor en el coro? No me gustan esas cosas, no son más que frivolidades.
A María Dmítrievna le gustaban los domingos y sabía festejarlos. El sábado se hacía limpieza general de la casa y el domingo, lo mismo ella que los criados, no trabajaban, vestían trajes de fiesta y todos acudían a misa. Se añadía algún plato a la mesa de los señores, y al servicio se le daba vodka y asado de pato o de cochinillo; pero nada reflejaba tanto la festividad como el propio rostro de María Dmítrievna, ancho y severo, que asumía ese día una expresión invariable de solemnidad.