Guerra y Paz

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Cuando después de la misa tomaron el café en la sala, de cuyos muebles se habían quitado las fundas, avisaron a la dueña de la casa que el coche estaba dispuesto; María Dmítrievna, con gesto grave, echándose sobre los hombros el chal de las fiestas que usaba para ir de visita, se levantó y dijo que iba a visitar al príncipe Nikolái Andréievich Bolkonski, a fin de tener con él una explicación a propósito de Natasha.

Después de salir María Dmítrievna, llegó una oficiala de Mme Aubert-Chalmet, y Natasha, muy satisfecha de tener una distracción, se encerró en una pieza vecina a la sala para probarse los vestidos nuevos. Mientras se ponía un corpiño aún hilvanado y sin mangas y se miraba al espejo volviendo la cabeza para ver cómo le sentaba la espalda, oyó en el salón las animadas voces de su padre y de una mujer, cuyo recuerdo la hizo ruborizarse; era la voz de Elena. Sin darle tiempo para quitarse el corpiño, se abrió la puerta y, con una deslumbrante sonrisa benevolente y tierna, entró en la habitación la condesa Bezújov, que vestía un hermoso traje de terciopelo violeta y alto cuello.





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