Guerra y Paz

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XIV

Llegó la mañana con sus preocupaciones y quehaceres. Todos se levantaron, empezaron sus faenas y sus charlas. De nuevo acudieron las modistas. María Dmítrievna salió y llamaron para el té. Natasha, con los ojos muy abiertos, como si quisiera captar cualquier mirada fija en ella, observaba inquieta a los demás y trataba de aparecer con la naturalidad de siempre.

Después del desayuno María Dmítrievna (era aquél su mejor momento) se acomodó en su butaca y llamó a Natasha y al viejo conde.

—Bueno, amigos míos; he reflexionado sobre todo este asunto y os voy a dar mi consejo— comenzó. —Ayer, como sabéis, estuve con el príncipe Nikolái y hablé con él… Se puso a gritar, pero a mí no me arredran los gritos. ¡Le dije todo lo que había que decirle!

—¿Y él qué?— preguntó el conde.

—¿Él? No quiere saber nada. Pero a qué hablar. Ya hemos atormentado bastante a esta pobrecilla. Mi consejo es que resolváis vuestros asuntos y os volváis a Otrádnoie… para esperar allí los acontecimientos…

—¡Oh, no!— exclamó Natasha.

—Sí, hay que marcharse y esperar allí. Si el novio llega ahora, los disgustos son seguros. Que él se las entienda a solas con el viejo; luego podrá ir a vuestra casa.


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