Guerra y Paz
Guerra y Paz Después del té Sonia sorprendió a una doncella que aguardaba indecisa a Natasha a la entrada de su habitación. La dejó pasar y, acercándose a la puerta, supo que era portadora de otra carta.
Entonces cayó en la cuenta de que Natasha debía estar maquinando algún horrible proyecto para aquella tarde. Llamó a la puerta, pero Natasha no la dejó entrar.
“Va a escaparse con él —pensó Sonia—. Es capaz de todo. Hoy tenía una expresión más lastimera y resuelta. Lloró al despedirse del tío. Sí, es cierto, está dispuesta a huir con él. ¿Qué voy a hacer yo, Dios mío? —y Sonia trataba de recordar todos los indicios que pudieran delatar el propósito de Natasha—. El conde no está. ¿Escribir a Kuraguin, pidiéndole explicaciones? ¿Pero quién puede obligarlo a responder? ¿Y si escribiera a Pierre, como me rogó el príncipe Andréi que hiciese en caso de desgracia? Pero tal vez Natasha haya roto su compromiso con Bolkonski (ayer envió una carta a la princesa María…). Si al menos estuviera el tiíto…”
Decírselo a María Dmítrievna, que tanta confianza tenía en Natasha, le parecía horrible.