Guerra y Paz

Guerra y Paz

🎯 ¿Cansado de los anuncios?
Elimínalos ahora 🚀

—Bueno, que duerma— dijo María Dmítrievna abandonando la estancia y creyendo que se había adormecido.

Pero ella no dormía; miraba sin ver, con unos ojos que parecían escaparse de su pálido rostro. Siguió insomne durante toda la noche, sin llorar y sin hablar a Sonia, que se levantó varias veces para ver cómo seguía.

Al día siguiente, a la hora del desayuno, el conde Iliá Andréievich llegó de su hacienda. Estaba muy contento, había llegado a un buen acuerdo con el comprador de la finca y ya nada lo retenía en Moscú; podía volver junto a su esposa, a quien echaba mucho de menos. María Dmítrievna lo recibió y le dijo que Natasha se había puesto enferma la víspera y que había hecho llamar a un médico, aunque ahora estaba mejor.

Aquella mañana Natasha no salió de su habitación. Apretados los agrietados labios, secos los ojos, miraba inquieta y atentamente a cuantos pasaban por la calle y se volvía presurosa si alguien entraba en la habitación con andares masculinos. Era evidente que esperaba noticias de Anatole o que viniese él mismo.

Cuando el conde entró, se volvió sobresaltada y su rostro adquirió de nuevo una expresión fría y hasta colérica. No se levantó siquiera para salir a su encuentro.

—¿Qué te pasa, ángel mío? ¿Estás enferma?— preguntó el conde.


👉 Descargar el audiolibro GRATIS en Amazon
Reportar problema / Sugerencias

eXTReMe Tracker