Guerra y Paz
Guerra y Paz —Bueno, que duerma— dijo MarÃa DmÃtrievna abandonando la estancia y creyendo que se habÃa adormecido.
Pero ella no dormÃa; miraba sin ver, con unos ojos que parecÃan escaparse de su pálido rostro. Siguió insomne durante toda la noche, sin llorar y sin hablar a Sonia, que se levantó varias veces para ver cómo seguÃa.
Al dÃa siguiente, a la hora del desayuno, el conde Iliá Andréievich llegó de su hacienda. Estaba muy contento, habÃa llegado a un buen acuerdo con el comprador de la finca y ya nada lo retenÃa en Moscú; podÃa volver junto a su esposa, a quien echaba mucho de menos. MarÃa DmÃtrievna lo recibió y le dijo que Natasha se habÃa puesto enferma la vÃspera y que habÃa hecho llamar a un médico, aunque ahora estaba mejor.
Aquella mañana Natasha no salió de su habitación. Apretados los agrietados labios, secos los ojos, miraba inquieta y atentamente a cuantos pasaban por la calle y se volvÃa presurosa si alguien entraba en la habitación con andares masculinos. Era evidente que esperaba noticias de Anatole o que viniese él mismo.
Cuando el conde entró, se volvió sobresaltada y su rostro adquirió de nuevo una expresión frÃa y hasta colérica. No se levantó siquiera para salir a su encuentro.
—¿Qué te pasa, ángel mÃo? ¿Estás enferma?— preguntó el conde.