Guerra y Paz
Guerra y Paz Levantó la cabeza y vio a Anatole Kuraguin con su eterno amigo Makarin, que pasaba en un trineo tirado por dos potros grises. Anatole iba erguido, en la clásica postura de los oficiales elegantes; el cuello de castor le envolvía la parte inferior del rostro. Inclinaba la cabeza a un lado, mostrando su cara sonrosada y fresca. Llevaba ladeado el sombrero de blanco penacho, bajo el que asomaban sus cabellos rizados engomados y cubiertos de nieve menuda.
“He aquí un verdadero sabio —pensó Pierre con cierta envidia—. No ve más allá del placer momentáneo; nada lo inquieta, y por eso siempre está alegre y tranquilo. ¡Qué no daría yo por ser como él!”
En la antesala de la señora Ajrosímova, el criado que lo ayudó a quitarse el abrigo le dijo que María Dmítrievna lo esperaba en su habitación.
Al abrir la puerta de la sala Pierre vio a Natasha, sentada junto a la ventana, muy pálida y ojerosa. La muchacha se volvió a él con gesto de mal humor y con continente de fría dignidad salió de la sala.
—¿Qué ha sucedido?— preguntó Pierre al entrar en la habitación de María Dmítrievna.