Guerra y Paz
Guerra y Paz —¿Adónde ordena ir?— preguntó el cochero.
“¿Adónde? —se dijo Pierre—. ¿Dónde puedo ir ahora? ¿Al Club, o de visita?” Todos los hombres le parecían ahora dignos de lástima, tan pobres, en comparación con el sentimiento de ternura y amor que lo embargaba, y sobre todo con la última mirada agradecida y emocionada que Natasha le había dirigido a través de sus lágrimas.
—¡A casa!— dijo. Y a pesar de los diez grados bajo cero, se desabrochó el abrigo de piel de oso, dejando al descubierto su ancho pecho, que respiraba alegremente.