Guerra y Paz
Guerra y Paz El aire era frío y límpido. Sobre las calles sucias y mal iluminadas, sobre los negros tejados, se extendía un cielo oscuro y estrellado. Sólo al mirar aquel cielo dejaba Pierre de sentir la ofensiva bajeza de las cosas terrenas comparadas con la altura a que se encontraba su espíritu. Al llegar a la plaza de Arbat, sus ojos contemplaron, más amplia aún, la enorme extensión del cielo estrellado y oscuro. Casi en el centro de aquel cielo, sobre el bulevar Prechitenski, sembrado de estrellas, se destacaba entre todas ellas por su proximidad a la Tierra, su luz más blanca y su larga cola vuelta hacia arriba, un cometa enorme y brillante, el famoso cometa de 1812, que, según se decía, anunciaba grandes catástrofes y el fin del mundo. Mas, para Pierre, aquel luminoso astro, con su larga y radiante cola, no despertaba ningún sentimiento de temor. Por el contrario, miraba alegremente con ojos húmedos de lágrimas aquella estrella luminosa que después de recorrer a velocidad increíble espacios inconmensurables, siguiendo una línea parabólica, se hubiera detenido —como flecha clavada en la tierra— en un lugar por ella elegido en el negro cielo; allí se detuvo, alzó enérgicamente la cola, luciendo y jugueteando con su blanca luz entre infinitas estrellas centelleantes.