Guerra y Paz
Guerra y Paz Bálashov, sintiendo la necesidad de objetar algo, dijo que, por parte de Rusia, las cosas no presentaban un aspecto tan sombrío. Napoleón guardó silencio y siguió mirándolo con aire burlón, evidentemente sin escucharlo. Bálashov añadió que Rusia depositaba grandes esperanzas en aquella guerra. Napoleón inclinó condescendiente la cabeza, como queriendo decir: “Lo sé, su obligación es hablarme así, pero ni usted mismo cree en lo que dice, yo lo he convencido”.
Cuando Bálashov dejó de hablar, Napoleón sacó de nuevo la tabaquera, tomó rapé y, como haciendo una señal, dio dos veces en el suelo con el pie. Se abrió la puerta y un chambelán, entre profundas reverencias, entregó al Emperador el sombrero y los guantes; otro le presentó un pañuelo; Napoleón, sin mirarlos, se volvió a Bálashov —Asegure, en mi nombre, al emperador Alejandro que cuenta con mi afecto de antes. Lo conozco muy bien y aprecio mucho sus altas cualidades— y tomó el sombrero. —Je ne vous retiens plus, général, vous recevrez ma lettre à l'Empereur[359]— y se dirigió rápidamente a la puerta.
Todos los que estaban en la sala de espera se precipitaron escaleras abajo.