Guerra y Paz
Guerra y Paz El Emperador se mostraba muy alegre, después del paseo a caballo por Vilna, donde la muchedumbre lo había aclamado con entusiasmo. Todas las ventanas de las calles del trayecto estaban engalanadas con tapices, banderas y monogramas con su nombre; muchas damas polacas lo habían saludado desde las ventanas, agitando sus pañuelos.
Durante la comida, Napoleón no sólo se mostró cortés con Bálashov, a quien sentó a su lado, sino que parecía tratarlo como a uno de sus cortesanos, o como a una persona que simpatizaba con sus proyectos y se alegrase de sus éxitos. Entre otras cosas, habló de Moscú e hizo varias preguntas a Bálashov sobre la capital rusa no como un curioso viajero, que se informa sobre un lugar nuevo que le interesa visitar, sino convencido de que esas preguntas debían halagar a Bálashov como ruso.
—¿Cuántos habitantes tiene Moscú? ¿Cuántos edificios? ¿Es verdad que la llaman Moscou la sainte?[360] ¿Cuántas iglesias tiene?— preguntaba Napoleón.
Al oír que eran más de doscientas las iglesias de Moscú, Napoleón exclamó:
—¿Para qué tantas?
—Los rusos son muy religiosos— replicó Bálashov.
—Pero el gran número de iglesias y monasterios es siempre índice del atraso de un pueblo— dijo Napoleón mirando a Caulaincourt en busca de su conformidad.