Guerra y Paz

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XI

El príncipe Andréi no había tenido tiempo de seguir con la vista a Pfull cuando ya entraba Bennigsen en la estancia. Saludó con la cabeza a Bolkonski y, sin detenerse, pasó al despacho, no sin dar algunas órdenes a su ayudante. El Emperador estaba al llegar y Bennigsen se había adelantado para preparar algunas cosas y disponer de tiempo para recibirlo. Chernyshev y el príncipe Andréi salieron al porche. En aquel instante el Emperador, con aspecto cansado, desmontaba de su caballo. El marqués Paolucci le estaba diciendo algo; el Soberano, inclinada la cabeza a la izquierda con gesto malhumorado, escuchaba al excitado Paolucci, que le hablaba con especial ardor. El Emperador dio unos pasos adelante, con deseo evidente de cortar la conversación, pero el italiano, olvidando las conveniencias, siguió tras él sin dejar de hablar.

—Quant à celui qui a conseillé ce camp, le camp de Drissa…— decía el marqués, mientras el Soberano subía ya las gradas de la escalinata y miraba el rostro del príncipe Andréi, sin reconocerlo. —Quant à celui, Sire— prosiguió Paolucci desesperadamente, —qui a conseillé le camp de Drissa, je ne vois pas d'autre alternative que la maison jaune ou le gibet.[369]

Sin terminar de escuchar las palabras del italiano y, al parecer, sin haberlas oído, el Emperador, que había reconocido a Bolkonski, pese a su rostro avejentado, se volvió a él cariñosamente.


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